jueves 19 de marzo de 2009

APOCALIXIS NAU


Resulta que el Papa, en su esperanzador mensaje del día de los inocentes, dijo, en italiano alemanizado, que todos nos iremos de glúteos pa’l estanco si no enderezamos el camino y nos portamos bien, como dijo Moisés que dijo Yaveh hace un par de eones, en el monte Everest. Que si seguimos jalándole al satánico egoísmo, la ruina mundial llegará... y será el fin, por fin.

No me voy a meter con la religión… o sí, pero sólo un poquito. Ese tema no se toca en las revistas juveniles. Es medio peligroso, y la gente se pone como susceptible. No quiero tener un millón de enemigos que me impidan cantar. Yo lo que quiero es hablar de mi tema predilecto: el fin, my only friend.

Cuando yo era chiquito, hace más de tres décadas, caí en cuenta de que esta vaina llamada “vida-en-el-planeta-Tierra” no tenía sentido; que todos se odiaban entre sí, que mi mamá no me iba a dar la bicicleta cross de cumpleaños; y que Julieta, la niña bonita de la cuadra, nunca, nunca, iba a ser mi novia. Así que me dediqué a la dulce desesperanza, y aprendí a sacar lucro de ella.

Cuando yo era grande, hace dos semanas, constaté que la cosa no iba a cambiar; que el hambre africana, la pobreza tercermundista y la ignorancia en los altos estratos seguirían vivitas y coleando por los siglos de los siglos, aún después de la extinción de la especie humana, una de las tantas pobladoras de esta roca cósmica.

Pero luego, en una revista de la peluquería Pelo’s Palace, me enteré de que un asteroide de tamaño departamental se acercaba a la atmósfera a velocidad de buseta intergaláctica… y caería a orillas de cualquier playa latinoamericana para hacernos añicos, a punta de tsunamis y reggaeton, en 2012 por la tardecita.

Para rematar, una vecina de mi mamá me contó que los Mayas le dijeron que, en ese mismo año, los terrícolas habremos de decidir si seguimos en las mismas (mintiendo, robando, matando y deseando al hombre de la prójima)… o nos acabamos a puñaladas mentales por X y Y motivo.

El fin está cerca… y lejos el principio, hermanos y hermanas. Las pirámides más sólidas, incluso las nutricionales, se desploman, haciendo temblar a los bancos más endebles. Las reinas de belleza se convierten en personas influyentes de la opinión pública. La estimulación temprana está yendo tan atrás, que ya se está estimulando al bebé desde antes del momento de su concepción. La globalización está siendo tomada tan en serio, que, dentro de poco, el mundo volverá a ser plano, como un globo pinchado.

Así que el mensaje papal de Benedicto XVI, en estos tiempos de efervescencia y calentamiento global, viene a ser una verdad de Perogrullo XV. El mundo está que se acaba desde que el primer homo sapiens produjo la primera chispa con un par de piedras… y si no hacemos algo antes del siglo XXV de nuestra era, la cosa se va a poner fea. Benedicto, si lees esta columna, please, no nos asustes con más apocalípsises... y dinos ya, de por Dios, cómo evitarlo, que el tiempo corre… y ya viene la lluvia de aerolitos.

miércoles 4 de marzo de 2009

DE: MENTE, PARA: NOIA


Salir a la calle ya no es tan sencillo como antes, cuando yo tenía, digamos, 5 años, por allá en 1974, año del mundial futbolero del mismo año, el cual me importó un sieso, al igual que los ocho mundial siguientes.

Antes, cuando la noche caía de su propio peso, las madres colombianas nos gritaban, desde sendas ventanas, “¡Se m’entra ya para la casa!”… y uno se entraba a dicho sitio… hogar, dulce ahogar. Ahora, no importa la hora del día, la consigna, es “¡No me sale nunca de estas 12 paredes!”, porque, en el noticiero, escucharon que un señor partió en añicos a 17 niños que salieron a comer helado de pistacho a la esquina… o alguna leyenda urbana similar.

Los noticieros, los periódicos azulistas, los chismes vecinales, el voz-a-voz y el tú-a-tú han fermentado el virus de la paranoia colectiva e individual en los ciudadanos capitalinos. En otras palabras, ya no se puede caminar solo por ahí, mano… básicamente porque el prójimo, en general, es un enemigo potencial… y hay que andar en la juega, papá… ¡Papapapá!

Aun en los más tranquilos barrios de la ciudad -pocos-, la paranoia sigue encendida para seres como uno, que tanto atraco ha presenciado y padecido, que tanta burundanga ha inhalado; que tanta sangre, sudor y lagrimas ha expelido, gracias al compatriota que nos pide la hora, que nos consulta para verificar una dirección, que nos aplica la encuesta callejera… y, al menor descuido… ¡suaz!... nos desposee, nos ultraja, nos indigna, et cétera.

Llega el crepúsculo… y la paranoia (aquella palabra que es algo más que un lugar común en las líricas de las canciones metaleras) se exacerba… y lo que, a los ojos y oídos de los ciudadanos del común denominador, luce cotidiano, ante los sentidos del buen paranoico es el infierno en vida.

Por ejemplo…

Las esculturas que pueblan techos y balcones de más de una casa en el barrio La Candelaria, a las 3 de la mañana, cuando un paranoico espera taxi en una esquina desolada, no lucen nada artísticas ni esculturales. Parecen siluetas de demonios momificados, a punto de saltar desde las alturas a la yugular.

Los sistemas inteligentes que iluminan la fachada de ciertos edificios modernos, apenas un cuerpo pasa frente a sus sensores, les ahorran energía a dichos edificios; pero no le ahorran infartos al transeúnte paranoico. Cada vez que una joda de esas se enciende, el pobre portador del chip de la paranoia piensa que ha sido atrapado in fraganti por el FBI, en DAS o el MFP.

Las novias que se despiden de sus respectivos novios con un inocente “¡Cuídate!” no son conscientes del video que le pueden activar a su pareja, si ésta porta una mente paranoica…. “¿De qué me tengo que cuidar?, ¿Qué sabe ella que no sepa yo?, ¿Quién?, ¿Cómo?, ¿Cuándo?, ¿Por dónde?”
Señores y señoras integrantes de la sociedad, considérennos; téngannos en cuenta; no nos agredan con sus decisiones arbitrarias; párennos bolas… pero no demasiadas… ¡no vaya y sea don Diablo! Ustedes les deben demasiado a estas consciencias atormentadas por sus propias neuronas envenenadas: el ojo mágico para mirar a través de las puertas apartamentales, las cámaras de circuito cerrado, los sistemas de seguridad bancaria, los espejos retrovisores… y mil cositas más, han sido inventadas por nosotros, los paranoicos, los detectores naturales del peligro de vivir en el planeta Tierra.

miércoles 18 de febrero de 2009

TRANSEÚNTE EN TRANCE


La manera más directa y real de recorrer la ciudad, por supuesto, es caminándola; y cuando esto se hace con la mente transparente, aparecen revelaciones que nos dicen lo que somos o lo que hemos dejado de ser.

Calle 73 con 12: un par de celadores azuzan al perro de la cuadra para que devore una rata de alcantarilla que ha tenido la mala fortuna de salir al mundo de la superficie a ver cómo están las cosas… y las cosas no están bien, porque el perro ni la devora, ni la deja en paz; tan sólo juguetea con ella, para obtener la gracia de sus amos, que no lo son. La rata, para sorpresa de todos los animales presentes, se yergue en sus patas traseras y chilla ratunamente, como queriendo decir “¡no me jodan más la vida!”. Ellos entienden el mensaje, y la ven alejarse hacia su guarida de desperdicios.

Calle 39 con 17: dos extraños cruzan la calle, en sentidos contrarios. Ella carga un par de pesados talegos que le tienen los dedos amoratados. Dignamente mantiene su caminata, sin detenerse un solo instante. No sólo le pesan los talegos; la vida también. Sus ojos denotan un tedio infinito que nada parece poder apagar… excepto los ojos ese extraño que viene del otro lado de la acera: un hombre con cara de pocos amigos… y ninguna amiga. Algo le ha dicho la mirada de ella… y trata de retenerla, a ver si sus vidas cambian súbitamente… pero no: siguen derecho hacia la otra orilla, hacia el resto de sus vidas. Alguno de los dos voltea, a ver qué… pero no… nada.

Calle 19 con 9ª: un raponero acaba de ser atrapado in fraganti con lo robado en los bolsillos. Para imponer justicia, a la vieja usanza, tres ciudadanos de bien lo muelen a patadas, mientras él grita desesperado, como niño chiquito, arrepentido de su pecado-delito que tanto molesta a este trío de desconocidos, que, por arte de violencia, se hermanan por un minuto de patacera. Lo hacen con metodología, como siguiendo el protocolo. En sus caras se ve el color de la sublimación. Todas sus frustraciones se esfuman mientras el raponero recibe su merecido. Llega la policía. Todo en orden… “¡Circulen, circulen!”

Calle 41 con 23: un habitante de caños se acicala, mirándose en un trozo de espejo que posa sobre el césped. A sus pies, corre el río Arzobispo, llevando zapatos, cáscaras, perros muertos y mierda humana. A él no le importa, porque está puliendo su pinta para una cita vespertina. Ella le hará olvidar sus carencias compartidas por unas horas. El tiempo está detenido para este hombre que contempla en el espejo una mirada esperanzada.

Carrera 15 con 88 (Parque de las Flores): una joven más o menos hermosa que cualquiera espera el bus o el transbordador espacial en el andén, como tantos otros días. El sol de las 4 de la tarde cae sobre las fachadas occidentales de casas y locales. Nada especial. De pronto, un anciano, sentado detrás de la esperadora de vehículos, arroja unas migajas de pan a los pies de ella. Ninguna sorpresa. A los pocos segundos, media docena de palomas rodean a la mujer, presa de la inevitable espera… y revolotean a su alrededor, hambrientas de pan roto. El aleteo palomar levanta la falda de la mujer. El anciano contempla el espectáculo y sonríe, complacido por su dosis de erotismo gratuito.

Si estos puntos disímiles de la ciudad los hubiera recorrido en algún vehículo, probablemente habría pasado por alto lo descrito. Aunque no lo hubiera atestiguado, habría sucedido naturalmente… u otros ojos lo habrían contemplado sin conmoverse con la humanidad que aún circula por ahí.

Abran los ojos, cierren las consciencias… y la verdad estallará en la cara.

martes 3 de febrero de 2009

LLUVIA, GRANIZO, ARCO-IRIS


LLUVIA, GRANIZO… ARCO IRIS

Bogotá de Santa Fe, alias la nevera, alias la Atenas suramericana, alias la ciudad coqueta, debería, algún día, ser bautizada como la ciudad del eterno invierno, por obvias razones, por analogía con el slogan hiperpaisa. No es una crítica críptica; no es una maldición, ni siquiera es una queja. Es tan sólo una severa aseveración de bogotano bogotanista.

La ola invernal de los últimos meses nos ha devuelto nuestra esencia gris y pluvial, que fue episódicamente diluida por la cortina de humo del aparente verano que nos suele dar aquel sol de mentiritas, el cual, cual cualquier foco de vitrina, nos ilumina la faz y nos la quema, estropeando los electrodomésticos desacostumbrados a su rayo fatal (que algunos confunden con la felicidad, especialmente los domingos en la tarde, mientras pasean a sus perros y sus hijos indistintamente), e irrita la susceptibilidad de nosotros, los heliofóbicos.

En Bogotá siempre ha llovido, y el frío ha cundido: 68% de lo uno, 17ºC de lo otro; tiempo mayormente nublado, 2600 metros más lejos del subsuelo. La primera impresión que de esta ciudad tuvo Gabo García, el escritor, fue la de que era habitada por los inventores de la muerte… pero sabemos que, en el fondo, somos sus pacientes anhelantes, que la tal cultura que se esgrime como estandarte para atraer turistas y bohemios es sólo una fachada: mucha oferta escénica, gastronómica, arquitectónica, bibliotecológica y ginecológica, equiparable a las muchas maneras de morir ipso facto o por cuotas, por arma blanca, ladrillo rojo o desprecio multicolor, gracias al lejano prójimo, que siempre se cruza con nosotros en las aceras y nos mira con cara de …¿y tú quién eres?... ¿quién te crees?... te quiero matar, pero no puedo.

Por eso, cada vez que las nubes se convierten en el único techo, y nos cobijan con su tenue oscuridad, todo está bien, excepto por los barrios inundados y los ríos desbordados; excepto por los trancotes automovilísticos y los semáforos desconfigurados; excepto por las líneas telefónicas infartadas y los taxis inconseguibles. De resto, todo igual o mejor; todo unificado por el agua llovida que viene del éter, y que nos lava las consciencias para regresar a nuestro estado natural: homini sapiens hartos de sobrevivir, con ganas de vivir esa vida que predican las novelas, las telenovelas y los comerciales alcohólicos.

Llueve, y todo el caos latente y tan bien disimulado se vuelve explícito; las pintas aplicadas con asesoría se arruinan por los charcos arrojados por los carros conducidos por animales (así los llaman los de las pintas arruinadas). Llueve, y se echan a perder esos caros peinados que no son más que pelo de mamífero así y asá. Llueve, y todo se ecualiza… por unos días. Llueve, y se estropean maquillajes, gamuzas y documentos ajenos… ¡lero, lero!, mientras tú y yo transitamos por la mitad de las avenidas, bajo un paraguas convertido en cedazo por efecto de los rayos que lo han carcomido con sus ataques no premeditados; los rayos de Dios, el misántropo mayor.

Lo bonito de la lluvia bogotana es que nos recuerda cuán frágiles somos, por si el sentimiento de superioridad ha crecido demasiado; nos aplaca y nos obliga a buscar refugio bajo las cornisas y los parasoles que ya no tiene sol que parar. Otros, en cambio, la desafían o entienden su juego propuesto desde hace eones: le escupen, bocarriba, para mezclarle su saliva, singing in the rain, salting in the charcs; la beben por los poros, para integrarse a su canto milenario, cada tanto interrumpido por ese sol que no nos dice nada, que corta la inspiración, que derrite helados y cerebros, evaporando sueños, para matarnos de insolación e insolencia.

¡Que llueva, que llueva!...¡El miedo está en su cueva!

miércoles 15 de octubre de 2008

EL CLIENTE SIEMPRE PIERDE LA RAZÓN


¡Mozo! Hay una mosca en mi sopa
¡Mozo! Hay una sopa en mi mosca
¡Mosco! Hay una moza en mi sopa
¡Mosco! Hay una sopa en mi moza
¡Sopo! Hay una mosca en mi moza
¡Sopo! Hay una moza en mi mosca
………………………………………..
¡Mozo! Hay una mosca en mi sopa
¡Mozo! Hay una mosca en mi sopo
¡Mozo! Hay un mosco en mi sopo
¡Mozo! Hay un mosco en mo sopo
¡Mozo! Hay un mosco on mo sopo
¡Mozo! Hay on mosco on mo sopo
¡Mozo! Hoy on mosco on mo sopo
………………………………………..
¡Mozo! Hay una mosca en mi sopa
¡Mozo! Hay una mosca en mi sapo
¡Mozo! Hay una mueca en mi cepo
¡Mozo! Hoy una muesca en mi capo
¡Mozo! Huy luna muestra en sí trapo
¡Mozo! Hey fruna nuestra el pri trago
………………………………………..
¡Mozo! Hay una mosca en mi sopa
¡Moza! Hay una araña en mi sopa
¡Mozart! Hay una nota en mi copa
¡Wagner! Hay una musa en mi nombre
Walter! Hay una nalga en mi hambre
¡Water! No hay cama pa tanta gente
¡Waiter! No hay mesas en este chuzo
…………………………………………..
Mozo: Hay una mosca en la sopa de un cliente
Mosca: He sido servida por un mozo sobre la sopa de un cliente
Sopa: Hay una mosca en mí. Fui servida. Seré ingerida
……………………………………………………………….
P.S. Mozo, hay una mosca en tu sopa

martes 23 de septiembre de 2008

BRILLAD HEBILLAS Y MULTIPLICAOS


Nunca he sido un hombre de rumba. Para ser un hombre en este mundo contemporáneo hay que rumbear sacramentalmente. Por lo tanto, rumberamente hablando, no soy un hombre. Soy un pobre marica. Aunque ser marica también es una opción en Rumbalandia. Es más: hay que ser un poco eso para pasarla mejor. Pero no hablaré de mi sexualidad, sino de mi incapacidad genético-social para la rumba… ¡Azuca!
No puedo con la rumba, sencillamente porque se me hace un protocolo innecesario para llegar o relegarse en el camino de la sexualidad terrícola. Ya alguien lo dijo por ahí: “El baile es la manifestación vertical de un deseo horizontal”. No hay de otra: cuando rumbeamos no queremos demostrar cuán buenos o malos bailarines somos; no queremos “pasarla bueno”, al son de Wilfrido, Willie, Diomedes o Xuxa; no queremos socializar, canalizar, ni narcotizar. Lo que queremos es tirar, follar, joder; practicar el sexo genital, oral, anal; hacer el amor o hacernos la masturbación.
Para este corto o largo proceso desde el “¿Cómo te llamas?” hasta el “¿Tienes un condón de sobra?” se tiene que pasar por varias etapas a las que me niego rotundamente. Por eso mi semi-celibato… y lo grueso de mi cuenta bancaria, que no se ha escurrido en pagos de covers, tragos, taxis, residencias, ni anticonceptivos.
Dichos pasos son:
1.Escoger el sitio. Éste puede ser: a) La casa de un amigo o de un enemigo que sepa divertirse y divertir a sus invitados. Debe ser un chico/chica chévere y de ambiente, que tenga muchos discos, mucho trago y muchos cuartos amoblados, por si el sexo casual. b) Un rumbiadero donde haya ese X-Factor que hace que la gente diga que tal sitio es chévere, y que lo estará de moda durante una estación climática, suficiente tiempo como para que sus dueños caigan en la quiebra y aprendan de negocios o para que ahorren y pongan otro bar en la siguiente estación para un público totalmente distinto, que será el mismo. c) Un sitio neutral, al que el grupo de amigos irá por molestar y cambiar de rutina (p.ej. una funeraria, o una caverna de mala muerte, con música de antaño, de estaño o de Toño). En ese sitio ocurrirá lo que nadie imaginó: los enemigos se reconciliarán, el más casto hará strip-tease y yo me podré tocar por tres minutos a la mujer deseada por tres lustros, sin remordimientos.
2.Escoger un motivo. Cualquier motivo es válido para armar una rumba: un cumpleaños feliz, un cumpleaños infeliz, un matrimonio, un divorcio, un ascenso, un descenso, un gol, un terremoto extranjero. Ya está dicho: la rumba es lo de menos. Lo importante es el sexo o el no sexo, el estar cerca o lejos de los genitales de alguien, básicamente.
3.Armar el combo. El éxito de la rumba radica en el tipo de gente se escoge y la manera en que se integran dichos miembros. Los expertos recomiendan que haya más hembras que machos, para que, así, ellos tengan más posibilidades de diversidad; ya que, para ellas, todos los tipos somos iguales… y “si bailaste con uno, bailaste con todos”. Habrá, también, una que otra que guste del baile con integrantas del mismo sexo…(Lesbo’s Way) Todos deben conocerse o gustarse entre sí. Siempre habrá alguno, como yo, que no sepa bailar y que no esté de ánimo como para aprender en la década en curso. Sólo en casos excepcionales, una linda mujer dispondrá de su tiempo y paciencia maternal para enseñarle los pasos básicos de la salsa, el merengue, el jipjop, el trance y el porro. En la mayoría de los casos, el infeliz arrítmico deseará, más bien, armarse un porro para salir volando de ahí con la imaginación y verlo todo color de hormiga rosa.
4.Hacerse la fiesta a su manera. Ésta es la parte más complicada, subjetiva y personal de la dichosa rumba; ya que, como dice el viejo y conocido refrán: “Cada cual habla de la fiesta dependiendo de cómo le fue en ella”… o algo así. Si usted tiene la rumba en su sangre, nunca sufrirá, porque todo lo pensará, sentirá y digerirá rumberamente. Gritará como loco/a porque alguien timbró, porque el perro ladró, porque Celia dijo “¡Paprica!”… o loquesea. Hay otros, en cambio, que fingen felicidad, porque “hayquestarfeliz”… y “latristezasunaboleta”. Esos son los que aplauden al ritmo de las claves, hacen “¡Tss tss!” al unísono con los platillos de la Cumbia Cienaguera, y se muerden el labio inferior con los ojos blanqueados en éxtasis mal actuado. Hay quienes aprendieron a bailar y ejecutan las danzas aprendidas no por el placer del ritmo afrocaribeño, sino por necesidad de apareamiento o de descreste. Sólo quieren exhibir sus zonas erógenas para comprobar las innegables leyes sexuales de la especie. Sólo quieren hacer sentir mal a los pobres fulanos que nunca la logramos con los contoneos de la pelvis (En todos sus múltiples usos).

¡Comienza la rumba!
Natalia nos ha invitado a su apartestudio (Las únicas subdivisiones posibles son la alcoba, el baño y la cocina). Han terminado las clases en la U, y hay que celebrarlo con un foforro de dimensiones canaánicas. Ya se compraron las viandas (chitos, maní, caramelos… una de aguardiente, una de jugo de naranja y uno de cerveza). Todo esto para 30 personas aptas para procrear y que habrán de caber en un cubículo de 64 metros cuadrados de superficie alfombral. Llegará el fatal momento en el que el licor se acabará y se hará la inevitable vaca; momento en el que alguien (como yo) se hará el loco y colaborará con lo menos posible (Ojalá con la nulidad), porque no le gusta el trago y porque hay que dejar para la buseta de las 5:00 AM. La música, eso sí, será una fuente infinita, aunque conste de un solo cassette grabado por teléfono en una cinta adhesiva. Desde que algún ritmo rellene el espacio con vibraciones habrá ambiente para la rumba. Mejor dicho: la música es lo de menos, lo principal es el desfogue.
Por un lado fluye el diálogo: aquella macabra facultad que nos diferencia de los demás vertebrados y de las ostras. Hay que hablar de algo con alguien (o con un grupo de alguiens) sobre cualquier tema que se pueda digerir o en el que se pueda debatir vehementemente (como en la Guerrilla Deportiva) ante un tercero que se anonadará o se dará en el ano, siendo testigo de tamañas disquisiciones para nada sobre el costo de la vida, la vida del costo, el viejito del costal o la vida de Nika Kosta. Es más importante ser chistoso que ser profundo… o estar de acuerdo con alguien y tomar partido… y reír, reír como Dios manda, para que el ánimo no decaiga y se mantenga firme la cortina de humo que oculta la terrible certeza de ser finitos y poco finos ante la inmensidad del cosmos y de la explosión demográfica que produce seres mucho mejores o peores que uno.
Por todos los otros lados fluyen las miradas de todos contra todas (Digamos que es una fiesta heterosexual). Comienza la selección natural de rayos visuales, de aspectos, de pintas, de apariencias, de atuendos y auras: La feria del ego y la ejecución de todos los trucos de seducción aprendidos en los últimos diez años de la vida (desde la primera polución nocturna o la menarquia hasta la más reciente manuela). Los chicos babean por las chicas y comentan entre ellos sus partes inaccesibles, sin atreverse a dar el zarpazo o a zarpar (única prueba de vida masculina que ellas esperan). Algunos lograran lo mínimo: sacar a bailar a una mujer. Siempre que yo lo intento, éstas me responden que están cansadas, que les duele la cabeza, que ésa no les gusta, que les dio un ataque de apoplejía, que no hablan español, que está temblando o, sencillamente, que me detestan. En los tres casos históricos en que me han aceptado bailar una pieza, ha sido mi tía Gladis la afortunada. Nadie nunca la saca a bailar, y cuando me ha encontrado solo tirado en un rincón, me agarra de los dedos con desespero sudoroso, sacándome yucas, como si requiriera del baile para sobrevivir a esa soledad que la carcome, que nos carcome. Sólo que yo lo disimulo con más dignidad.
Los que la logran tienen dos opciones: bailar mal o bailar bien (Ellas están eximidas de este juicio. Cosa que me parece injusta).
En el primer caso (la mayoría de la población), eso se compensa con una buena parla (Recomendabilísimo tener cinco o setenta apuntes graciosos para que la risa emborrache a su pareja, haciéndola obviar el pésimo ritmo de sus pies). A pesar de que durante siglos funcionó, ya estamos en una nueva era y deberíamos sustituir el ajado cuestionario de “Comotellamas”, “Cuantosañostienes”, “Estudiasotrabajas”. La liberación femenina y la proximidad del aerolito fatal que aplastará a todo el barrio permiten preguntas del tipo “¿Con qué frecuencia ovulas?”, “¿Has copulado con un armadillo?”, “¿Quién es tu papá?”. Estas dinámicas contemporáneas permiten una aproximación más expresa hacia el túnel luminoso del apareamiento humano. Pero ¡ojo! Sólo llegan a feliz término cuando se dicen las palabras precisas en el momento preciso… y eso sólo lo sabe Midiós o los tocados por su lengua de fuego.
Y, finalmente, están los malditos trompitos, que se creen los dueños de la fiesta, los que tienen todas las de ganar, los que no morirán de inanición…¡Maldita sea!… ¿Por qué nunca le hice caso a mi mamá cuando me decía que bailara más con la tía Gladis? Que ella podía ser fea y todo; pero era una excelente maestra de danzas populares. En la infancia aprendemos cosas tan inútiles como las reglas del Yermis, el orden jerárquico de los Pitufos, las líricas del Himno Nacional, el alfabeto occidental. En vez de habernos concentrado en el ocho, el torniquete, el amacice o, por lo menos, el vil trencito para agarrarle la cintura a una vecina… ¡Bah! Mejor me salgo a ver dónde van los de la vaca y me trago todo el trago de la fiesta que no deja de estar aburrida.

lunes 15 de septiembre de 2008

APOCALIPSI'S NAU



Cuando uno sale por la calle a caminar andenes, o cuando la buseta nos transporta a velocidad pedestre, se pueden contemplar todo tipo de avisos empotrados en los frontispicios; avisos que anuncian lo que sucede comercialmente en el interior de los edificios: ventas de pollos asados, crudos o vivos; peluquerías, carnicerías, papelerías, cafeterías, droguerías y porquerías, aunque te rías, tu señoría. Pero, dentro de tanto aviso y razón social, carteles y pasteles al por mayor, hay una categoría de aviso que siempre me ha llamado la atención y la eventual conmiseración: el que recurre al posesivo sajón, más desconocido como apóstrofo-ese (’s)... aquel ridículo adminículo gramatical, propio del idioma inglés, el cual casi nadie sabe utilizar correctamente por estas tierras, y que parece ser una obsesión para todos los mini-micro-empresarios con dejos de arribismo en sus almas capitalistas.

Es la popular comita-ese que se halla incorporada en nombres como Jeno’s Pizza, Charlie’s Roastbeef, Tati’s Arepa Rellena, Friday’s, Wendy’s, Porky’s, etc. ¿La reconocen?... ¿Sí?... Ahora, pregunto yo... ¿Saben qué significa en español?... Oquei.

Para quienes respondieron negativamente, les cuento. Apóstrofo-ese viene a significar: el (...) de, la (...) de, los (...) de, o las (...) de, dependiendo de si el sustantivo poseído por el sujeto posesor está en su forma plural o singular, masculina o femenina. Así, por ejemplo... Jeno’s Pizza significa la Pizza de Jeno (nada que ver con allí-nos vamos/allí-nos vemos). Charlie’s Roastbeef: el roastbeef de Charlie (Nidea qué será un roastbeef; pero seguro que es de don Charlie). Tati’s Arepa Rellena: la arepa rellena de Tati (señora cuyo nombre de pila desconocemos).

Ahora bien; en el caso de Friday’s, Wendy’s y Porky’s (que carecen de sustantivo poseído explícito), ese apóstrofo-ese implica que el sitio al que entramos, si es que entramos, le pertenece a la persona o entidad que precede al apóstrofo (sí, señora: se dice apóstrofo, no apóstrofe. Busque en el diccionario, si no me cree). O, como dirían los argentinos y españoles: Lo de el Viernes, lo de Wendy, lo de Porky. En este último caso, hay una peculiar coincidencia con el de Tati’s: ambos comercian con arepas; pero cada cual, a su estilo.

Si todo esto está claro, ¿podrían decirme ustedes... ¡qué demonios viene a significar el nombre Pike Dog’s!?
[1] Respuesta: absolutamente nada... o algo ultra-surreal.

Si un gringo quisiera ir a comerse un perro caliente made in Bogotá, y algún guía turístico lo llevara a Pike Dog’s, el pobre turista no se atrevería a entrar, debido al terror hacia lo que podría hallar allí. Traducción literal de Pike Dog’s: el chuzo que le pertenece al perro cortopunzante. Muy rico lo que vende; pero muy mal nombre para el sitio... ¿Por qué no atreverse a un nombre elemental y criollito como La Perrada De Edgar, El Rincón Costeño o La Fonda Paisa? No. Tenemos que ponerle el apóstrofo-ese ese para que suene y se vea más internacional, más chic, menos colombiano.

Y ni qué decir de negocios como Pandebono’s Valluno, Agüepanelas’s Club, Melao’s Center, Exito’s Peluquería, Mango’s, Everes’t, etc’s. ¡A ver si estudiamos inglés!, ¿no?

Si le aplicáramos esa misma ilógica gramatical a todos nuestros negocios exportables, aparecerían locales como La Madre’s Sopas and La Abuela’s Postres, Jose A’s Obleas, Ave’s Surtidora... y yo no sé qué cosa’s má’s.
Fin de la lección.
Gracia’s.
[1] Popular negocio de venta de perros calientes, chuzos y hamburguesas idem